Hace más de dos semanas que los estudiantes de la UCAD decidieron ponerse en huelga. Y los estudiantes senegaleses no se andan con chiquitas. Tienen razón en sus reivindicaciones: masificación en las aulas, de la que os he hablado ya, y falta de medios materiales para que la enseñanza sea efectiva (pizarra, micro y fotocopias ausentes o precariamente presentes). El caso es que llevo todo ese tiempo sin dar clase y, además, en la última reunión de departamento, convocada de urgencia, se nos ha dicho bien clarito que ni aparezcamos por el campus hasta nueva orden, porque ya han retenido como rehén a algún profe, gaseado a otros y los antidisturbios son poco de fiar. Con decir que cada cierto tiempo es “jornada negra” por un estudiante muerto en el campus durante las manifas…
Se habla con otros profes y te dicen: aprovecha para hacer otras cosas. Ante esta situación, dos opciones: gravedad o ligereza. Grave es ya el tema en sí mismo, así que no seré yo quien aumente su peso. Ligereza entonces, y como soy tendencialmente radical en mis reacciones, ligereza hasta la superficialidad, hasta la frivolidad: voy y me apunto a un gimnasio.
Sí, lo sé. De hecho, tanto por cargo de conciencia como por repugnancia visceral a los gimnasios, a su sudor en las moquetas y a su exhibicionismo inherente, había rechazado la posibilidad desde que empecé a oír hablar de ello en la comunidad española aquí, pero he sucumbido. Mi espalda chunga y el exceso de tiempo libre han colaborado a mi decisión.
Llevo desde el día 8 de febrero, es decir, un par de semanas y pico, como socia –miembro- del Club Olympique. Como miembro tengo derecho a gozar de las instalaciones, donde hay piscina, pistas de tenis, salas de juegos para críos y bar, pero lo que más me interesa –razón por la cual he decidido dar el sí a este club- es su gimnasio.
Abierto de 8 de la mañana a 10 de la noche ininterrumpidamente y con monitor disponible durante todas esas horas, además ofrece un completo horario de actividades de fitness. De entre ellas, la primera que me llamó la atención y me impulsó a conocer el club, fue lo que ellos llaman Body Balance, que es un híbrido de Tai Chi, Yoga, Pilates, relajación y meditación. Está programado cuatro veces en semana. Me pareció suficiente como para pagar una inscripción anual de 22 euros y 30 euros mensuales. Luego entraron en juego otros factores: por sólo 7 euros más al mes, podía seguir las clases de spinning, a las que iban Irene y Oier, y de las que hablaban bien.
Desde el primer día, fui dos horas. Me parecía poco ir para una hora nada más, así que hice mi primera clase de Body Balance con Badou, que me encantó, y por la tarde hice mi primera hora de spinning, con el loco de Amadí, que es una “bestia parda”, como dice Oier, que lo único que hace es ponerse como una moto encima de la bicicleta y pretender sin éxito que los demás –en bastante peor forma que él, pues no nos dedicamos a ello profesionalmente- le alcancemos. Decidí pagar para hacer también spinning un mesecito y así “ponerme las pilas” de verdad.
Se unieron entonces toda una serie de factores: el hecho de que -por haber pagado ese total- tenía derecho a todas y cada una de las actividades de fitness programadas en el horario del club, mi afán por aprovechar bien el dinero que invierto, la conciencia de mi imperiosa necesidad de actividad física, mi gran cantidad de tiempo libre en una ciudad que no ofrece demasiada actividad de ocio durante el día, un momento de sana reconciliación conmigo y, consecuentemente, con mi cuerpo, y uno de esos pactos que a veces una hace consigo misma: esta vez no te vas a dejar llevar por la pereza, esta vez no, ya has crecido y lo vas a tomar con madurez y compromiso, vas a ir al gimnasio a diario, porque nunca lo has hecho, porque tu cuerpo se lo merece, porque quieres, porque sí, porque ésta es tu oportunidad de sacar partido a ese aparato estupendo al que siempre has dejado de lado, momento de sentir su energía y su potencia, de darle espacio de una vez por todas. Es tu reto de este año: Just do it! (todos los derechos registrados por Nike, pero me importa un pito).
Tan en serio me lo tomé que no me pareció suficiente ir por una sola hora ni siquiera el primer día que fui, como decía. Una vez superada la vergüenza de sentirse perdida en la primera clase, todo fluye como perfectamente engrasado, con los esfuerzos lógicos, porque nunca me he puesto seriamente a hacer abdominales –de hecho, creo que es la primera vez en mi vida-, pero todo va sobre ruedas, me siento como pez en el agua, me encanta sentir el modo en que mi cuerpo se supera y la satisfacción que le produce, los músculos tensos, el sudor sobre la piel, las endorfinas que segrego, este placer intenso, tan intenso como jamás lo he sentido. Bueno, sí, pero no en un gimnasio. Me cuesta trabajo dejar pasar un día sin ir. Creo que me estoy volviendo adicta a las endorfinas del deporte, a su placer.
Después de una primera semana (11 a 17 de febrero) de ir casi a diario y sacar una cuenta media de 2 horas diarias, el gimnasio se hace cada vez más familiar. Hasta le he dicho al monitor de sala que me haga una rutina especial para fortalecer los brazos: caliento con el remo, luego hago al menos 8 ejercicios diferentes y termino haciendo 20 minutos de cardio en la elíptica. Se me ha ocurrido que me gustaría definir un poco los músculos y eliminar grasa superflua, así, por pasar el rato, de modo que busco trucos y consejos naturales –nada de locuras- de culturistas en Internet y encuentro varias ideas que empiezo a aplicar: ajo, proteínas limpias, comer cada tres horas y media, pocos azúcares y carbohidratos…
Acabo de terminar la segunda semana (18 a 24 de febrero) desde que me asocié al club y durante ella el número de horas ha aumentado significativamente: tres horas diarias de media. Ahora el gimnasio es mi segunda casa. Conozco a todos los monitores y me conocen todos por mi nombre: hasta la chica de la recepción y la que me vende el agua. Me veo mejor al espejo durante las clases, más armónica, más fuerte, más ágil, más musculada, más potente, más hermosa, más flexible, más resistente.
Ir al gimnasio y ejercitar mi cuerpo se ha convertido en mi primera ocupación ahora que los estudiantes de la Universidad están en huelga y, por ello, no tengo trabas ni tan siquiera para ir los dos únicos días en que normalmente doy clase. Voy de lunes a domingo, mañana y tarde. De las clases que se imparten en él, dejando a un lado las de step, las coreografiadas y las basadas en movimientos de boxeo, que no me han interesado, hay cuatro actividades que me encanta practicar y que me encantaría poder hacer cada día: Pilates, gimnasia sueca, spinning y sala. Por ahora no tengo la resistencia necesaria para ello. Mi Pepita Pulgarcita se dice aliviada que menos mal.
NOTA: Para ver la imagen de este personaje de mi infancia que me sigue acompañando hoy y a quien algún día dedicaré un fragmento, pínchese para ir al post “Sobre el tiempo…”.
Y mis amigos dirán, ¿pero acaso no hay libros en ese país? ¿no tienes vida social? ¿qué te pasa? Pues los libros que traje para leer ya están agotados y aquí no tengo una estupenda Librería Rayuela ni las bibliotecas están muy allá como para ofrecerme lo que busco, ni siquiera la de la uni; la vida social se hace fuera de horario laboral –que yo casi no tengo-, por lo que mi vida social no se resiente de mi dedicación a “la gym” y… En fin, responder a la tercera y última pregunta me resulta algo difícil. Mis amigos graciositos de la ciudad me dicen que voy en picado hacia la vigorexia. Yo tengo claro que es transitorio. Acabará cuando acabe la huelga, luego haré de ello algo más moderado.

Fantastico,
Creo que me has contagiado.