Y volviendo al polvo de tiza y, por lo tanto, a mis clases, el miércoles pasado tuve miedo. Os pongo en antecedentes: una de mis asignaturas, Civilización Española, la imparto a todos los alumnos matriculados en primer año de español en la facultad, lo que significa alrededor de 800 alumnos. Os juro que no estoy poniendo ni una chispa de exageración en la cifra, de hecho estoy dando el dato más por lo bajo que por lo alto, porque este año son incluso más de 900. El caso es que no todos vienen a clase, claro está, pero sí unos 600. Ello hace -me decían los colegas- que una clase deje de ser una clase y parezca una conferencia, pero yo sigo tratando de interactuar con los alumnos, así que acabo dando mi clase y dialogando con los de las primeras filas, unos cien o 150, lo razonable (?).
Mi aula es lo que se llama un anfiteatro, aunque yo creo que no lo es exactamente, pero así lo llaman. Entre los dos bloques de asientos, hay un pasillo relativamente amplio. Yo suelo ir al fondo, me subo en la tarima y, delante de la mesa, empiezo a hablar y preguntarles qué saben ya del tema que trataremos.
Hasta el miércoles pasado no había repartido fotocopias, les había hecho tomar notas, les había incluso dictado algún que otro fragmento o cita, pero no les había dado material por escrito. Sin embargo, este miércoles tenía que explicar la geografía física, política y humana del país, de modo que era absolutamente necesario facilitarles un par de mapas.
Después de muchos ires y venires con la secretaria del departamento y el servicio de reprografía de la facultad, consigo mis 200 copias de cada uno de los mapas. Se tendrán que apañar con una fotocopia para cada cuatro personas. Llego a clase con unos minutos de retraso y cargada con mi tocho de fotocopias y me abro paso entre los estudiantes, porque no hay suficientes asientos para el número de alumnos que vienen y muchos siguen la clase durante dos horas de pie, que ya tiene mérito. Comienzo mi clase con normalidad y bajo del estrado para repartir los mapas.
¡Avalancha! Me encuentro de repente en la total oscuridad, rodeada de manos que me arrancan los papeles de las manos, tiran de mí, se pelean, oigo voces y más voces que no entiendo. Miedo. Grito ¡Basta! y vuelvo a subir al estrado. Casi sin querer abrir los ojos, les pregunto si hacen esto todas y cada una de las veces en que se les reparten fotocopias. Respuesta afirmativa. Decido dividir las fotocopias que quedan y entregarlas a dos personas al azar para que las repartan. Allá os las compongáis, me digo. Pasa un completo cuarto de hora antes de que el silencio en el aula me permita continuar la clase.
Afortunadamente, la siguiente clase es menos numerosa: Explicación de textos, con “sólo” una centena de estudiantes. Esta vez doy un mazo de fotocopias a cada lado y basta. Algo de caos, pero infinitamente menos. Dedicamos buena parte de la clase a la lectura en voz alta de unos poemas, como introducción a la teoría del metro, el ritmo y la rima. Los más atrevidos van progresando.

Hola Macu,
Mucho animo! Ya veo que las aulas se sobremasifican aun mucho mas. Yo tenia como 350 en la aula de Civilizacion y 70 en Explicacion de Textos.
Qué manera de comportamiento es esa?? :-(